¡Qué difícil es a veces conservar la calma! Pero qué importante es conservarla justo en esos momentos en que más cuesta hacerlo.

No sé si tú que me lees, has pasado alguna crisis interna, dentro de ti, de esas que ponen tu mundo patas arriba y que te espolean hasta lo más profundo de ti mismo para empujarte a avanzar, a mejorar, a tomar decisiones que te estaba costando ver con claridad… a crecer, en una palabra.

Yo me considero una afortunada, pues he vivido ese tipo de convulsión interior más de dos veces y, alguna de ellas, atravesando un túnel largo y difícil. Pero siempre ha valido la pena y al final, en cada ocasión, me ha servido para, de alguna manera, reconectarme conmigo misma y redescubrir mi pasión y el sentido de vivir.

Pero lo que veo y vivo ahora es muy diferente. También lo llamamos crisis, pero no tiene nada que ver. Cada día que pasa me formulo la misma pregunta: crisis económica, ¿raíz o resultado? Porque lo que yo observo y sufro en la raíz de esta crisis es algo muy profundo y complejo, que es una monumental crisis de valores.

Todo vale. Éste parece ser el eslogan de los últimos años. Todo vale, pero en todo y a todos los niveles, desde las cuestiones más importantes y vitales, hasta los detalles más pequeños, más nimios.

Y como resultado de la crsis económica, parece que aún se recrudece más la crisis de esos valores. Y descubres que estás casi solo ante el peligro. Y ese “casi” te hace valorar mucho más a las escasas personas valiosas que día a día te demuestran su valor, frente a esas otras que, también estando a tu lado, son capaces de venderte sin rubor o de cortarte la mano si se te ocurre sacarla del bolsillo.

Y ves cómo con toda tranquilidad e incluso corrompiendo el lenguaje para buscar argumentos y justificaciones que tranquilicen su conciencia, se roban clientes, se roban proyectos, amén de otras muchas cosas materiales. Se falsea la verdad, se manipula, se oculta información… Se pierden amigos, aunque en realidad no suponen una pérdida cuando descubres que nunca fueron tales.

Te dicen aquello que creen que quieres escuchar y, al darte la vuelta, se reparten tus ideas; te adulan ante la abundancia y abandonan el barco ante el esfuerzo y la dificultad (aunque ya se sabe quiénes abandonan el barco cuando hay tormenta…) Sufres el engaño, la mentira y la maipulación hasta el punto de llegar a detectarlas como si tu olfato fuera el de un can perfectamente adiestrado.

La comunicación se pierde en la ausencia de respeto a las más mínimas mormas de convivencia.

Y ante todo este panorama, uno se pregunta qué puede hacer, a veces con una enorme carga de desencanto y desánimo sobre las espaldas. Pues a mí sólo se me ocurre una receta: proactividad.

Me gusta basar mis acciones y mis decisiones en principios, respetando los valores conforme a los que me gusta vivir. Sé que no está de moda. Pero eso es lo que me gusta.

Cuesta asimilar las pedradas y los golpes, pero cuando ejercitas tus múculos mentales para irlas encajando, llegas a descubrir que lo que realmente importa es tener claro tu propio objetivo, hacia dónde vas, qué es lo que buscas en esta vida, qué quieres construir y con quién, y ponerte a ello con toda la fuerza de tu pasión.

Y los que actúen de esa forma a veces tan dolorosa para tí, irán encontrando en el camino, más cerca o más lejos, los resultados de sus propias acciones. Ellos sabrán… Lo cierto es que las leyes naturales son inexorables.

Y es que no quiero saber nada de personas tóxicas, que llenan de nubes negras mi vida; es más, me alegra que se vayan, incluso que se unan entre ellos en esa huída exenta de nobleza, en la que me temo terminen devorándose unos a otros.

Me quedo con quienes quieren y saben acompañarme en mi camino, en mi búsqueda de esa calma interior que a veces cuesta tanto conservar. Te animo a probarlo…