¡Llegó el momento! ¡Mi primer curso! ¡Iba a barrer!… Ahora lo pienso y me doy cuenta de lo fantasma que era en aquellos tiempos…

Fue hace ya bastante tiempo. Yo llevaba todo perfectamente calculado (cuándo empezar, qué ritmo seguir, qué pausas realizar). Además, había revisado una y otra vez todo el material necesario. Recuerdo, incluso, que había elaborado un pequeño guión con los aspectos principales que debía tener en cuenta a la hora de guiar la sesión de formación. La preparación había sido perfecta; nada podía fallar…

El curso era a unos kilómetros de donde yo vivía. Antes de empezar, las cosas comenzaron mal. Yo tenía previsto realizar una divertida actividad, llamada “Llegar a tiempo” para ir rompiendo el hielo con los participantes, de una forma amena y simpática. Sin embargo, mi viejo Escarabajo (muy fardón, pero poco cuidad, todo hay que decirlo) se quedó tirado a cinco kilómetros del lugar y tuve que llamar para que vinieran a por mí… -¡No te preocupes! Esas cosas pasan… Empezamos media hora más tarde…
Yo, animado por los esfuerzos y la comprensión de algunos de los participantes, comencé la sesión. Lógicamente, aquella primera divertida actividad tuve que pasarla por alto, entre otras cosas, para no quedar en evidencia.

Para comenzar la sesión, pretendí que todo el mundo expusiera las expectativas con las que acudía a dicha sesión. ¡Y vaya con las expectativas! Hubieran necesitado tres cursos por lo menos, para tratar todos los temas que les interesaban. Yo, intentando que no se notara mucho, me esforzaba por ceñirme a los temas que llevaba preparados, respondiendo con un “luego lo vemos” a todos los temas escabrosos que me planteaban.

Después de la rueda de expectativas había preparado un famoso juego, que mis colegas me habían dicho que era un “atrapamentes” y que se llamaba “Los jinetes”. Partiendo de tres piezas de papel (dos caballos separados en diferentes papeles y dos jinetes en el mismo), los participantes tenían que conseguir que los dos jinetes cabalgasen sobre los caballos. Con esta actividad pretendía conseguir que se concienciaran de la importancia de mirar las cosas desde otro ángulo, de cambiar de paradigma, de cómo nuestras percepciones nos engañan…

Y ¡vaya si nos engañan! Tras cinco minutos realizando el ejercicio, nadie había conseguido realizarlo. Sin embargo, lo que es más importante, el formador -o sea, yo- no se acordaba de cómo se resolvía -dando vueltas a caballos y jinetes sin encontrar la posición adecuada-. Otro momento clave de la sesión y la conclusión más importante fue que nunca volvería a poner en práctica aquel atrapamentes. Mis colegas me han dicho en repetidas ocasiones que es muy útil, muy divertido, muy didáctico… Ya, ya… Yo les contesto siempre lo mismo: –Es como el que se ha pegado una sentada de cuidado de comer caracoles y los aborrece para toda la vida.

El resto de la sesión fue transcurriendo, más o menos, dentro de unos cauces aceptables. El formador -o sea, yo-, con su fácil verbo, iba dinamizando la sesión; al menos eso pensaba yo, hasta que levanté la cabeza y vi a dos joviales chicas… ¡¡¡durmiendo en mi sesión de formación!!!

¡Aquello me parecía inaudito! ¿Qué cabal persona podía cabecear de aquella forma en una sesión de formación tan interesante como aquélla? Medio perplejo, medio enfadado, decidí cambiar el rumbo de la sesión y realizar un role-play que me había preparado, por si las flais, para conocer algunas estrategias de comunicación con los clientes. 

De repente, los participantes, muy metidos en su papel, comienzan a utilizar un lenguaje completamente desconocido para mí, con términos de los que no entendía nada: dfakoeioa, asdñaoej, asfoapñouf… ¿?… Con algo de urgencia, acuciado por mi desconocimiento del tema, tuve que dar por finalizados los role-play cuando únicamente lo habían realizado dos de los cuatro grupos previstos.

A partir de aquel momento decidí modificar mi estrategia. Cada veinte minutos, descanso para estirar las piernas, salir a la terracita, refrescar las ideas, etc. La verdad es que dio un resultado fantástico, porque tres horas antes de finalizar la sesión, de las 18 personas que comenzaron el curso, únicamente quedaban seis en el aula.

Con las cinco personas que quedaban en la última hora -otra persona abandonó, escapando en uno de los numerosos descansos que se habían producido- decidí cerrar la sesión con un incidente crítico de un caso que llevaba preparado. El caso en cuestión giraba en torno a los peligros a los que el profesional en cuestión se podía encontrar en su trabajo cotidiano con un cliente especialmente difícil. Pero lo más crítico fue para el formador -o sea, yo-. Lo que empezó siendo un incidente crítico se tornó en accidente cuando los cinco participantes que quedaban se pusieron a organizar la información sobre lo desastrosa que había sido la sesión hasta aquel momento. 
Después de aquella experiencia, todos concluimos con la importancia de tener puntos de vista diferentes con relación a los clientes, de mirar las cosas desde otro ángulo,…, en especial el formador -o sea yo- que, después de aquella sesión, no volvió a ser el mismo…

Y después de esta gloriosa historia, me retiro a descansar. Como verás aquí hay mucha tela que cortar, pero eso será otro día…

Ésta y otras historias en mi Libro de Conjuros. No te lo pierdas.