Utilizando la expresión que muchas veces utilizamos para describir al hijo único que de repente se siente «desplazado» por su otro hermanito que llega a la familia, quiero reflexionar sobre algo que vengo observando con cierta asiduidad a lo largo de ya bastantes años de experiencia profesional y que siempre me entristece cuando lo veo.

Seguramente much@s de vosotro@s habéis tenido alumnos, colaboradores, personas en vuestros equipos que han comenzando a desarrollar su experiencia profesional «desde su más tierna infancia» situándose «a vuestra rueda» y aprendiendo como esponjas todo aquello que les habéis ido transmitiendo y enseñando.

Esto es una tarea estremadamente gratificante para el «maestro», especialmente si te gusta compartir aquello que sabes.

Luego van pasando los meses y los años. Ya en varias ocasiones he visto cómo alguna persona con este desarrollo ha ido despuntando y convirtiéndose en un buen profesional, para mayor satisfacción de su «maestro». Pero de repente, en alguna parte del camino, el «aprendiz», que ya se sabe «estrella», comienza a comportarse de manera arrogante porque considera que ha superado a todos los de alrededor y, por supuesto, a su maestro. Lo cual a veces incluso puede ser verdad.

Al buen «maestro» le llena de orgullo que su «aprendiz» le supere, pero le entristece ver cómo es incapaz de asimilar su éxito como algo que forma parte de su desarrollo, ya no profesional, sino personal, y se convierte en una persona desagradecida y petulante, deseosa de esgrimir sus victorias y conquistas, con el afán de demostrar cuán superior es a aquel que en su día le legó con ilusión todo su bagaje y experiencia vital.

Y es que hay algo que es difícil transmitir y que conocemos como «calidad personal». No todo el mundo está a la altura de lo que se espera de él como ser humano que transcurre por la vida en íntima conexión con los que le rodean. Así que, llegado este punto, le pongo un interrogante al título de este post porque… ¿Acaso no deberíamos hablar mejor de «el aprendiz descolocado», en lugar de «el maestro destronado»?

Algunos deberían reflexionar en torno a ello… ¿no creéis?