Hace unas semanas, en un post titulado Transferir y compartir conocimiento, comencé a explicar nuestra «Pirámide del talento» y cómo se configuraba su primer escalón: transferir conocimiento. Pues bien, hoy me gustaría continuar este post abordando el segundo escalón: transferir saber hacer.

Efectivamente, en el segundo nivel de la pirámide del talento, situamos la «transferencia del saber hacer«. ¿En qué se diferencia del primer escalón, el de la transferencia de conocimiento?

Mientras la transferencia de conocimiento, como veíamos, se refiere a ideas, conceptos, respuestas, procesos, sugerencias, etc., el saber hacer se refiere al «cómo» se desarrolla luego cada tarea en concreto.

Alguien puede preguntar: ¿Y no es lo mismo? Para muchos puede serlo pero, realmente, creo que no lo es. Ciertamente, ambos niveles están íntimamente unidos y el segundo no puede darse sin el primero, pero sí al revés.

Veamos un ejemplo clásico: Seguramente el baloncesto es un deporte que gusta a muchos, pero sólo una parte de ellos sabe jugar sobre la cancha, si bien la mayoría de los aficionados conocerá muy bien las reglas y todo lo que hay que saber para poder jugar; jugadores «de sillón».

El conocimiento, pues, puede ser exclusivamente teórico; el saber hacer requiere desarrollar una serie de habilidades para ejecutar o desempeñar aquella tarea para la que, por otra parte, necesitamos el conocimiento.

Si observamos las Organizaciones, vemos que, si bien algunas desarrollan conocimiento explícito y en escasas ocasiones transfieren conocimiento tácito, en el caso del saber hacer, esta proporción disminuye drásticamente en ambos casos; es decir, la Organización se resiste a plasmar de manera explícita -en soporte escrito, gráfico y/o virtual- el «cómo» se hacen las cosas, cómo se desarrollan las tareas, por miedo a que esas descripciones caigan en manos de la competencia; por tanto, el saber hacer explícito es inexistente con demasiada frecuencia.

Sin embargo, es sutituido por un fuerte y amplio saber hacer tácito, que sólo está en la cabeza de unos cuantos expertos, en el mejor de los casos; hemos conocido organizaciones en las que los «cómos» de una tarea compleja y vital para la producción y los resultados, estaba sólo en la cabeza de una persona.

Por otra parte, está la resistencia de esos expertos que saben cómo se hace la tarea; y esa resistencia, normalmente hunde sus raíces en una íntima desconfianza: si cuento lo que sé, dejo de ser imprescindible

Y así, y volviendo a a metáfora del baloncesto, podemos encontrarnos grandes aficionados con muchos conocimientos parciales sobre la tarea, pero escasos jugadores capaces de saltar a la cancha y obtener resultados.

¿Eres tú uno de esos expertos? ¿Temes contar lo que sabes hacer y que sabes que da buen resultado? ¿O, por el contrario, no tienes inconveniente en compartirlo? Y, si es así, ¿encuentras los cauces para hacerlo, o te resulta complicado?