Me gusta mucho utilizar experiencias de aprendizaje, juegos, actividades estructuradas en mis acciones de formación. Creo que cuando se diseñan bien, conforme a un obejtivo de aprendizaje bien definido y siguiendo unas fases muy concretas y pensadas, y además se tiene cuidado en su aplicación, resultan se un elemento de muchísima utilidad para el aprendizaje.

La eficacia del aprendizaje experiencial se deriva del principio de que nuestra reacción ante algo, nuestras observaciones o nuestra comprensión, son más importantes que las opiniones de los demás. Aprendemos mejor “haciendo”. En los cursos para formadores he comprobado durante años que esto es vital para la aplicación posterior en sus propios cursos.

Las experiencias de aprendizaje se generan de forma natural en nuestra vida diaria, pero también es posible “prepararlas” con objeto de ofrecer oportunidades para tipos específicos de aprendizaje. Una experiencia estructurada ofrece un marco en el que es posible facilitar un proceso inductivo:

  • La experiencia se estructura de forma que el énfasis está en algunos aspectos de la situación y no en otros.
  • Se establece un conjunto de condiciones que afectan a los roles que desempeñan los participantes en la actividad y a su proceso de interacción.
  • El formador presenta una tarea que el grupo de participantes debe realizar; esta tarea constituye la dinámica de la situación de aprendizaje.
  • Los participantes funcionan de acuerdo a esas condiciones específicas y experimentan, tanto las oportunidades, como las limitaciones de la tarea y del compartimiento humano en general, derivadas de las condiciones estructuradas. 
  • Siguiendo una orientación concreta, los participantes descubren el significado que tiene para ellos mismos, y validan su propio aprendizaje.

Pero hay que tener cuidado. Con demasiada frecuencia, nos dejamos seducir por el atractivo de la actividad y la “exaltación” de los descubrimientos a los que conduce a los participantes y nos olvidamos de las fases de generalización a situaciones similares de la vida real y de aplicación a situaciones específicas de trabajo.

Todos hemos vivido acciones de formación en las que los participantes han terminado con infinidad de buenas intenciones, pero que con gran velocidad, luego han regresado a sus antiguos comportamientos. El formador, en ningún caso debe quedarse en lo “divertido” de la experiencia y el descubrimiento, olvidando la reflexión y la transferencia a situaciones de la vida profesional o personal cotidiana.

Una de las principales razones por las que el aprendizaje que se produce en una experiencia estructurada es tan útil como instrumento de aprendizaje es que aquí “experiencia” significa “implicación personal en una acontecimiento estructurado”.

Cuando a los participantes se les asignan tareas, tales como la construcción de una torres, trabajar con tarjetas, vídeo, u otros elementos, de la experimentación de dicha actividad o experiencia, se aprende la importancia que tienen la planificación, organización, participación, el liderazgo, el trabajo en equipo, la creatividad, la toma de decisiones, etc.

El formador brinda un vehículo para el aprendizaje (ejercicio, juego…) y éste se produce llevando a cabo la experiencia, aunque es necesario tener en cuenta que la experiencia estructurada no es la realidad.